El consorcio como unidad económica, una lógica que empieza a imponerse

Los edificios tienen números, pero no siempre tienen gestión. Qué pasa cuando no se proyecta y por qué eso termina impactando en las expensas
Durante años, los consorcios se administraron como espacios de convivencia. Con acuerdos informales, decisiones sobre la marcha y discusiones que rara vez se apoyaban en datos. Ese esquema todavía existe, pero empieza a mostrar límites en un contexto donde los costos suben, los vecinos exigen más y la tolerancia al desorden es cada vez menor.
Hoy, un consorcio funciona como una unidad económica, aunque muchas veces no se gestione como tal. Tiene ingresos, egresos, obligaciones legales y activos que sostener. Sin embargo, la mayoría sigue operando sin planificación, con una lógica reactiva que encarece todo.
“Hay consorcios que no saben si están bien o mal administrados. Solo saben que las expensas suben”, dice Martín Eliçagaray, especialista en tecnología aplicada a la propiedad horizontal y fundador de Simple Solutions.
«La falta de previsión es uno de los problemas más extendidos. Se discute cada gasto en el momento en que aparece, sin una mirada general. Eso empuja a postergar decisiones, acumular problemas y pagar más cuando ya no hay alternativa», añade.
“El consorcio promedio no proyecta, vive al día, y cuando aparece un problema grande, no tiene margen de maniobra”, agrega.
Ahí se cuestiona al administrador, al encargado o a un vecino. El conflicto escala porque no hay una base común desde donde discutir.
«Ordenar la gestión cambia ese escenario ya que cuando los datos están, la conversación se vuelve más concreta», propone el experto.
“La vara subió. Hoy el propietario quiere ver, entender y comparar”, señala Eliçagaray.
En paralelo, la presión sobre las expensas expone otro problema. No siempre está claro qué explica los aumentos. Los rubros principales se repiten (personal, mantenimiento y servicios) pero la gestión hace la diferencia.
“No todo es ajuste. Hay mucho margen en cómo se administra. Una mala decisión se paga, aunque no siempre se vea en el corto plazo”, advierte.
«La falta de planificación impacta directo en la caja. Reparaciones urgentes, compras mal hechas o contrataciones sin control terminan elevando el costo general del edificio», amplía Eliçagaray
En ese contexto, pensar el consorcio como una empresa es una forma de ordenar una estructura que, sin gestión, tiende al desborde. Cuando los números son claros, la convivencia también.
